Aquel de flamígeros cabellos y vacía cartera...

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Aquel de flamígeros cabellos y vacía cartera...

Mensaje por Invitado el Jue Ago 18, 2011 5:43 pm

Ir de compras…deporte de riesgo practicado por las solteronas de entre cuarenta y cincuenta años que buscan como pasar una buena tarde cualquiera en la que derrochar dinero en trastos inútiles y sin sentido que no les servirían de otra cosa que no fuera el actuar de pisapapeles o de maceta, el uso que le dieran antes. Pero por desgracia, o por suerte, el joven de flamígeros cabellos que ahora recorría las calles de una de las tantas ciudades situadas en las islas del East Blue, Loguealgo decían que se llamaba, mas poca atención había prestado el Pirata al nombre del lugar quien solo se guiaba por la necesidad, necesidad ya dejada de lado entre estas líneas pero que vuelve a retomarse ahora en pos de no perder el poco sentido y la escasa ilógica de este individuo. Necesitaba armas, o algo contundente…un ladrillo, por ejemplo, un cacho de madera, un palo de acero, un moco…algo que le diera cierta ventaja contra aquellos indeseables que, rechazando el usar su cuerpo como arma, optaban por métodos más seguros y sencillos para acabar con la vida ajena. Había que aceptar que un puñetazo en pleno rostro no causaba la misma impresión que un corte o un disparo en la zona ya mencionada, el primero te dejaba cicatriz y el segundo te mataba…el golpe, a lo sumo, te partía la nariz. Nada del otro mundo, la verdad…también estaba la imposibilidad de detener armas blancas con su mano sin arriesgarse a perder algunos dedos. ¿Y si perdía el meñique? ¿Cómo diablos tocaría la guitarra? ¡¿CÓMO?! En fin, desvaríos aparte…

Tras más de doscientos treinta y cuatro pasos, número tras el cual había perdido la cuenta, el joven se encontró ante un local de lo más llamativo y atractivo; un club de alterne. Viendo que allí no encontraría arma alguna y que por el radiante sol que brillaba aún en el infinito mar de nubes que era el cielo aún no habrían abierto optó por acercarse al local conjunto al lugar ya descrito. Una armería. No habría prostitutas, pero habría armas…¿qué le compensaba más? A sabiendas de que no podía estar muchas horas seguidas delante de un club de alterne, porque se le cansarían los pies no por otra cosa, optó por seguir con las compras y dejar la lujuria y el fornicio a precio de mercado para otro día; tampoco tenía mucho dinero así que daba igual. Se encendió uno de sus infinitos cigarrillos que se sacó de la manga o váyase a saber Dios de dónde y, tras una lenta aspiración seguida de una tranquila exhalación de humo, entró en el local. Aspecto pequeño, sucio, destartalado, desordenado…podría ser así, pero no lo era. Resultaba ser una armería de lo más vulgar; el mostrador al fondo de la tienda, diversas armas colgadas por las paredes que hacían más daño como adorno que como utensilio bélico, barriles llenos de katanas, estantes con todo tipo de armas…y un hombre regordete de no más de cincuenta años de edad, melena encanecida que apenas le tapaba parte de su redondeado y arrugado rostro con una papada que el joven luchador sería incapaz de agarrar por completo con sus dos manos y unas gafas que ocultaban su mirada. La sonrisa de bonachón iba bastante acorde con su afable apariencia de oso de peluche regordete y que despertaba las ganas de darle un achuchón…el traje formal compuesto por camisa y pantalones era lo único serio del hombre. Un paso, dos pasos y así siguió la cuenta hasta dar veintitrés pasos tras lo cual el luchador se detuvo enfrente del mostrador, sus carmesíes orbes se encontraron con las pequeñas gafas del dependiente y entonces la comunicación dio comienzo.


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- - La conversación podía ser curiosa, llamativa, particular quizá…¿podía llamársele conversación al hecho de que dos personas se miraran sin emitir palabra alguna? Así parecía ser ya que, como si hubiera captado el mensaje por arte de magia, o alguna cosa peor y más horrible que no citaremos, el regordete sujeto fue caminando ligeramente encorvado, rodeando el mostrador, dirigiéndose hacia uno de los tantos estantes que había en el local. Sus ocultos ojos analizaron un par de estantes en busca de algo que no tardó en encontrar, estirando sus rechonchos dedos que se cerraron sobre los objetos deseados; dos guantes con un refuerzo de acero en el dorso y que dejaban los dedos a la vista y un juego de protectores para las piernas que abarcaban desde las rodillas hasta el inicio del pie. Simple y sencillo, la verdad. Volviendo tras el mostrador el dependiente tendió los accesorios frente al pelirrojo que no dudó en probárselos allí mismos. Empezó por ajustarse los protectores para sus extremidades inferiores las cuales gustaba usar en combate; la pierna tiene más fuerza que un brazo. El hierro recubrió su pantalón sin causarle incomodidad alguna pues parecían hechos a medida del luchador. No tardó en ponerse ambos guantes con un seco y simple tirón de la zona baja de la tela de estos para ajustarlo a sus manos, entrechocó ambas placas metálicas causando un ligero chirrido algo molesto. El dúo no se inmutó.

- - Comentó, por llamarlo de alguna manera, el pelirrojo mientras asentía conforme con el resultado. Se pasó el dorso metálico por el tatuaje de su rostro…tenía calor y el frío acero de algo le serviría. Acabándose el cigarrillo buscó entre sus bolsillos y mangas sacando el dinero requerido por la compra…un billete de cinco mil berries, no tenía más pero podría tener menos. ¿Podría pagar las cosas con cigarrillos? Suerte para el luchador fue el ver que aquella mísera cantidad alcanzaba, y de sobra, para su adquisición. Existía la posibilidad de que el afable vendedor hubiera tenido un desliz con as vueltas dándole más dinero del que merecía al pirata…si era así este no deseaba averiguarlo así que, tras otro intercambio de intensas y silenciosas, sobretodo silenciosas, miradas abandonó finalmente el local. No podía quejarse, en menos de una hora había finalizado las compras y tenía tiempo para cualquier cosa. Se detuvo pues frente al club de alterne. Podía esperar a que este abriera, con la consecuencia de que se le cansaran las piernas, o marcharse del lugar, con la misma consecuencia que la opción anterior. Dieciocho cigarros más tarde el luchador optó por seguir la clara lógica; irse del lugar. Después de todo andar era gratis, las prostitutas no.

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