[Pasado] El comienzo de una sociedad...

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[Pasado] El comienzo de una sociedad...

Mensaje por Invitado el Sáb Ago 06, 2011 10:08 am

Loguetown, uno de los lugares más visitados por la comunidad pirata y por la sociedad entera. La ciudad que vio nacer y morir al más grande en la historia de la piratería, el dueño original del One Piece: Gol. D Roger.En esa misma ciudad, en un tiempo distinto, un joven de vestimenta extravagante y cabellos en punta buscaba, cada vez con más desesperación, una armería decente. No es que careciera de paciencia, pero... bueno, de hecho si era bastante impaciente. Mas, en aquella ocasión había logrado comportarse como un verdadero experto en el arte de la espera. Había pasado ya por ocho lugares distintos, y de una forma u otra el resultado siempre era el mismo: No encontraba una espada que lo satisficiera. La última que había utilizado había terminado destruida como consecuencia de uno de sus entrenamientos, de la misma forma que las seis anteriores a ella. Ahora buscaba una nueva, pero no quería que esta terminara igual que las anteriores, por lo que su exigencia había pasado de ser prácticamente nula a bastante excesiva. Esto lo había llevado a negar todas las ofertas que le habían hecho. Las que entraban dentro de su presupuesto no le parecían lo suficientemente resistentes y las que parecían servirle tenían un costo que superaba con creces los pocos berries que llevaba en su bolsillo.


-¡¿Qué?! ¡¿Tengo monos en la cara?!- gritó, encolerizado por la situación, a una inocente señora que se había quedado mirándolo. Sabía que no podía echarle la culpa, su apariencia era bastante llamativa solo teniendo en cuenta como
vestía. Si a eso se le sumaba la dantesca extensión granate que sustituía su brazo original, el resultado era estrafalario.

Un cartel de madera desvió su atención. Rápidamente recobro la compostura al notar que aún le quedaba un lugar por visitar. La señal incentivaba a los compradores a adentrarse en un oscuro callejón tras el cual se lucía una rústica puerta arqueada de madera oscura. El espadachín no dudó y se adentró en el lugar con la inservible espada aun colgando de su cadera. El salón, sucio y sombrío, no lo decepciono en absoluto. Una vasta colección de armas punzocortantes se extendía por las cuatro paredes de hormigón grisáceo. A diferencia de los lugares en los que ya había estado, este poseía armamentos realmente particulares que poco tenían de ordinarios.

-¿En qué puedo ayudarte?-
un hombre de apariencia temible apareció detrás de lo que parecía ser un mostrador. Ojo derecho parcheado y complexión titánica lo caracterizaban, pero lo que más llamo la atención del antiguo noble fueron las varias arrugas que llenaban su cara. Definitivamente era un anciano, y no uno de sesenta o setenta años, tendría por lo menos unos noventa. Aún con esa edad, su fibroso cuerpo mostraba la solidez de un tronco.
-Necesito una espada- contestó Serge.
-Una espada ¿Eh? Bueno, eso no me dice mucho. Supongo que te sirve cualquiera- un dejo de ironía se notaba en sus palabras. El peliblanco suspiró. La verdad era que le molestaba tener que decir que había roto varias espadas anteriormente, sobretodo porque sabía que la culpa era suya. Pero si quería ser más fuerte debía exigirse lo más posible, y si eso significaba sacrificar unas cuantas espadas no dudaría en hacerlo. Hasta ese punto llegaba su inocencia e inexperiencia, tanto le faltaba para llegar a comprender el verdadero significado de ser un maestro espadachín.
-Necesito una espada fuerte, resistente.-
-Ahhh...- soltó el fortachón mientras arqueaba las cejas. Se notaba que no era la primera vez que alguien le pedía eso -No es que quiera darte clases chico, pero no es la espada la que...- Serge lo interrumpió, cortante.
-No necesito que me des un sermón sobre la fuerza del espadachín, ni que me digas que no depende de la espada. Solo necesito que me vendas una espada resistente. Ese es tu trabajo ¿No?- concluyó con gesto adusto. Sus orbes carmesí, clavados en los del vendedor, respaldaban cada una de sus palabras.Tal vez pecase de soberbio, pero estaba seguro de lo que quería y no iba a dejarse cuestionar.
-Estas convencido- soltó sonriente el parcheado -Hace tiempo que no veía a alguien tan convencido de hecho. Eres ignorante y prepotente, y eso hace que puedas estar seguro de ti mismo, no necesitas dudar de tu métodos- un silencio sepulcral vino tras eso. Entre los ojos de ambos, en contacto visual directo,podría haberse prendido fuego una hoja de papel. Tanta era la tensión del momento. Pero pronto eso se acabó.
-Me gusta. Creo que tengo algo para ti.-
El joven, un tanto sorprendido, se quedó esperando mientras el enorme vendedor se retiraba, seguramente a un almacén.
-Aquí está. Oniji Hakkai es su nombre- cuando volvió a aparecer portaba una espada de proporciones anormales -1.75 metros de largo total y entre 35 y 40 centímetros de ancho para la hoja, de inusual forma rectangular como verás. Es
de una aleación que realmente no conozco, pero que te aseguro resistirá
cualquier cosa si la tratas bien. ¿Podrás controlarla?-

Serge no habló, se limitó a asentir con la cabeza para luego tomar la espada. Pesaba bastante, sí, pero menos de lo que había pensado. Sería complicado adaptarse a ella, pero si lo conseguía tal vez se acercará un poco más a su sueño.
-Me la llevó- concluyó.

Salió del lugar con el enorme espadón prendido de su cinto. La vieja espada con la que había llegado había quedado allí, como de regalo, ya no le importaban los berries. Sentía que había entrado en el sendero que lo llevaría a cumplir todas sus metas, ese era el comienzo de una destructiva sociedad…

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